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El poder sanador del sol

El sol es la fuerza vital de la tierra.  Sin el sol, las plantas no podrían hacer el proceso de fotosíntesis y producir oxígeno para que los que seres vivos que habitamos en este planeta podamos respirar. Sin el sol, la tierra simplemente se iría flotando fuera de órbita del sistema solar, sin rumbo. Sin el sol no habría luz, ni calor, ni vida.

Seguramente por ello la adoración al sol es una de las formas religiosas más primitivas y naturales que existen. En muchas culturas, el sol ha sido un símbolo de consciencia e iluminación, y la oposición entre la luz y la oscuridad ha acompañado todos los credos de cualquier espiritualidad.Ying y yang. Luz y oscuridad. El sol y la luna. Opuestos presentes en todas las tradiciones de nuestra humanidad.

La conexión entre el sol y lo divino también se experimenta en el yoga. Cualquier rama del yoga, antigua o moderna, se familiariza con los saludos al sol, una tradición sagrada que expresa reverencia al sol como dador de energía y vida. El sol es prana, la energía vital que nos conecta con el cosmos.

Los rayos del sol que alcanzan nuestra piel también estimulan los cambios hormonales de nuestro cuerpo. Como cualquier otro animal de la tierra, nuestros procesos biológicos están profundamente afectados e incluso controlados por los ciclos de luz y oscuridad. Cuando sale el sol, hay una parte del cerebro que recibe e interpreta esa luz que llega. Como resultado, aumentan los niveles hormonales de serotonina (la hormona de la felicidad) y disminuyen los niveles de la hormona de melatonina, la hormona del descanso.

Los rayos de sol disparan los niveles de serotonina. Por eso motivo es que tendemos a sentirnos más felices y energéticos cuando brilla el sol. Cuanta más exposición tenga el cuerpo al sol, más serotonina producirá el cerebro. Una exposición regular al sol puede incluso prevenir depresiones, sobre todo si se combina con ejercicio, por lo que naturalmente se liberan endorfinas. Incluso somos capaces de producir una vitamina gracias a la ayuda del sol, la vitamina D, que es esencial para la salud de los huesos.

Aprovechemos entonces el verano, cuando el sol está más cerca de nuestro querido planeta tierra, para conectarnos con su vitalidad.  Una caminata matutina en la playa o por el pasto, con los pies descalzos, ropa fresca y la protección solar adecuada, puede renovarnos la energía. Giremos entonces nuestro rostro al sol, como las flores, ¡y las sombras quedarán atrás!